January 29, 2013

Sufrida y Bella Argentina

Con esta tira, Joaquín Salvador Lavado, más conocido como Quino, ilustra acertadamente el estado de ánimo de los argentinos hoy día. Esta impresión me la dejaron el taxista en Buenos Aires, la enóloga en Mendoza, el dueño de cabañas en Bariloche, y el mesero en El Calafate, durante mi recorrido por Argentina este verano (invierno en el hemisferio norte). El trayecto empezó por Buenos Aires y continuó por las laderas de los Andes, con paradas en El Calafate (junto al Parque Nacional de los Glaciares), Mendoza (capital vinícola y cuna de Quino) y Bariloche (en la región de los lagos).

La incertidumbre económica, subrayada por la persistente alta inflación, y la incertidumbre política, generada por la potencial “chavización” de Argentina, tiene a los argentinos pesimistas sobre el futuro de su nación. Y no es para menos, cuando el presidente de un país democrático, en este caso Cristina Fernández, afirma que “hay que tenerle miedo a dios, y a mí, un poquito”, cualquiera puede perder la confianza en la institución.
Pero qué va, como en cualquier otro país latinoamericano, la vida tiene que seguir a pesar de las circunstancias abyectas. Y los argentinos tienen ya cien años de práctica en el asunto. El gran boom económico que Argentina experimentó entre 1880 y 1905 la llevó a convertirse en el décimo país más rico del mundo per cápita. Pero algo pasó, y después llegaron sólo décadas de instabilidad política, juntas militares, dictaduras y, más recientemente, payasos en el poder.

Dadas estas circunstancias, se pregunta uno cómo hacen para ser gente tan amable y acogedora. Pero al visitar Argentina, la respuesta se vuelve obvia. La fantástica selección de vinos, carnes y alfajores mantienen el paladar y el corazón distraído, y los hermosos paisajes andinos y patagónicos le recuerdan al espectador lo evanescente de la condición humana frente a la grandiosidad del cosmos. Pareciera que la naturaleza quisiera aliviar los vacíos del alma ofreciendo espectáculos fascinantes de geografía abrupta, vegetación cambiante y ríos de hielo y leche.
Buenos Aires fue una experiencia muy particular. Las calles del barrio central de la Recoleta daban la sensación de estar en pleno París, y a la vuelta de la esquina, de estar en el centro de cualquier otra ciudad latinoamericana (à la Pichincha con Carabobo). Esto es un vestigio del boom económico mencionado, cuando los mandatarios de aquel entonces querían convertir a su capital en la París de América. Los miles de inmigrantes franceses e italianos trajeron con ellos su arquitectura clásica monumental, con resultados tan hermosos como el Teatro Colón o la embajada de Francia. Durante el siglo XX, desafortunadamente, la ciudad se llenó de mal gusto, con cemento sombrío siguiendo las ideas “revolucionarias” del suizo Le Corbusier o el brasilero Niemeyer, y de proyectos urbanísticos simplemente ridículos, como la avenida 9 de Julio, la más ancha del mundo. Hay que sumarle a esto una capa de decadencia sobre las fachadas representando el deterioro económico agudo de las últimas décadas plasmado sobre la otrora París criolla.
Buenos Aires
En contraste a esta experiencia urbana, el resto del viaje estuvo dedicado a explorar los paisajes dramáticos de los Andes argentinos. Partiendo desde El Calafate (latitud: 50˚ sur), en la región sur de la Patagonia, tuve la oportunidad de caminar cerca al famoso cerro Fitz Roy (elevación: 3.359 metros), que parece una catedral de piedra, elevándose estrepitosamente por encima de su entorno y generando en quienes le visitan una experiencia religiosa. También pude hacer una caminata sobre el glaciar Perito Moreno, un río de hielo que baja de la montaña a la rapidísima tasa de dos metros por día. El frente del glaciar mide 5 kilómetros de longitud, y aflora sobre la superficie del lago en su base con una altura de 74 metros, semejando así un tsunami de hielo extrañamente en armonía con su frágil entorno, como un elefante conviviendo felizmente en un hormiguero con sus hermanas formícidas.

Visitar El Calafate y sus alrededores fue una lección de climatología. El viento húmedo proveniente del Pacífico en su viaje hacia el oriente se tropieza con la muralla que es los Andes, lo que fuerza al aire a ascender y enfriarse, y así el agua que traía se condensa y precipita. En las partes altas de la cordillera llueve más de 5.000 milímetros anuales, permitiendo la germinación de la llamada selva valdiviana. Una vez el viento es despojado de su agua, supera la muralla y comienza su descenso hacia la ladera oriental, creando en este costado de la cordillera un clima muy árido. Así pues, justo donde termina el glaciar Perito Moreno (ya del lado oriental de los Andes), la precipitación anual ronda los 1.500 milímetros, mientras que a 50 kilómetros más al oriente, en el pueblo de El Calafate, la precipitación anual no sube de 150 milímetros.
El Calafate
Un clima similar se presenta en Mendoza y sus alrededores. Las laderas de los Andes a esta latitud (32˚ sur) son tan secas como las estepas de la Patagonia, y sin embargo el paisaje rural es saturado de viñedos, y el urbano de árboles frondosos. El secreto está en una compleja red de canales (o acequias) que aprovechan las aguas glaciares provenientes de la cordillera. Semejante obra brillante de ingeniería fue obtenida por los invasores europeos de mano de los indígenas oriundos de la región.

La combinación de días secos y soleados con noches frías crea las condiciones perfectas para crecer aceitunas y uvas jugosas, y es así como esta región se volvió la principal productora de vino y aceite de oliva. Vigilando los viñedos desde la cordillera está el gran cerro Aconcagua, que en la lengua quechua significa “el que mira”. A 6.960 metros, el Aconcagua se impone sobre el paisaje de toda la región, teniendo en cuenta que es la montaña más elevada del mundo fuera del sistema de los Himalayas.
Mendoza
Terminó el recorrido argentino en Bariloche (latitud: 41˚ sur), la capital de la región de los lagos. Tanto el paisaje como cierta arquitectura parecen sacados de los Alpes suizos. Y hay correlación: A finales del siglo XIX se asentaron en la región inmigrantes alemanes, suizos y austríacos, al encontrar allí un clima similar al de su tierra natal. No es sorpresa, entonces, encontrarse en Bariloche con una gran industria chocolatera y con perros san bernardo posando para las cámaras de turistas, como acogedores agentes de relaciones públicas.

Lo más memorable de Bariloche es la oportunidad de atravesar la cordillera de los Andes hasta el pueblo de Puerto Varas, en Chile, en un recorrido de 12 horas en el que se navega por tres lagos y se atraviesa la selva valdiviana por una trecha destapada. Junto con la compañía desagradable de moscas agigantadas (o tábanos), se logra observar un gran número de volcanes, como el Osorno (elevación: 2.652 metros), conocido por su perfecta simetría cónica, y el Tronador (elevación: 3.491 metros), del que nacen ocho glaciares.
Bariloche
La gran mayoría de glaciares están desapareciendo gracias al calentamiento global, por lo que hay que ir a visitarlos pronto. En cuanto a la república Argentina, probablemente seguirá. Puede que con una estrella más en su bandera, pero como sea, con un pueblo que ha conocido la fortuna y la miseria, y que ha aprendido a sobrevivir valiéndose de una dosis de cinismo y resignación.

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